
Cuando falleció el abuelo mi padre cargó el ataúd. Vistió de negro, anteojos oscuros y una cinta negra en el brazo izquierdo. Cuando murió mi viejo adopté el mismo look sólo evité la cintita para no producir risa o lástima. Años después cuando estaba en mi lecho de enfermo me visitó Ramiro, mi hijo. No le gustaba el luto, detestaba los anteojos oscuros y era conocido por su fanfarronería. Había hipotecado nuestra tumba y con el dinero de la venta financiaba su dependencia a las drogas. Sin lugar a dudas con mi entierro se perdía para siempre la tradición familiar.
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